Había una vez... dice el inicio de las historias. Esta cuenta lo que sucede cuando dos personas se encuentran, más allá de las épocas, más allá de los nombres, más allá de los límites. Expone sus más profundos sueños, sus fantasías, sus miedos escondidos. Y convierte al espectador en testigo de una realidad que no quiere fluir tal cual es. Y es en esta trama en que aparecen dos figuras inolvidables: Carlos Gardel y Rita Hayworth son las máscaras que los protagonistas, dos cartoneros que recorren nuestra ciudad en busca de su futuro, eligen para esconder su propio rostro, su nombre, su cotidianeidad. Con las canciones que Carlitos supo cantar y con el brillo con el que Rita encandiló cada pantalla en la que se la vio, Cuesta abajo sumerge al público en momentos que rozan las sonrisas, las lágrimas, los recuerdos, las realidades encontradas y por qué no, la más oscura profundidad del ser humano, que muchas veces intenta escaparse de si mismo. Como estos dos personajes, que viven la vida que pueden, pero se dan el lujo de elegir el sueño de una existencia que los hace sentirse mejor. Pero es en este sueño individual de Carlos y Rita, que ambos seres pierden la posibilidad de compartir y llegar al otro. Como envueltos en una burbuja, no entienden, o no quieren, comunicarse con alguien más. Tal vez porque el brindarse y aceptar a veces duele, como la realidad que los lleva a ser quienes no son: dos personajes que los deslumbran y les esconden su propia persona. Así, Alejandro Andrade en base al texto de Gabriela Fiore realiza una pintura en la que la marginalidad del desposeído y la locura -como mecanismo de defensa- tiñen la atemporalidad del mito de una inquietante actualidad.